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Querida hija

24 de junio de 2016

Tokio

Querida hija,

Te escribo desde un lugar, desde un tiempo, en el que todavía no existes. El mundo ni siquiera sabe todavía que te está esperando. Quiero contarte una historia, dejarla escrita, para poder explicarte el lugar con el que vas a encontrarte.

Es una historia que empieza muchos años atrás; antes de las fronteras, antes de los idiomas, antes de la raza. Fue una mutación genética, seguida por otra y después por otra, sólo eso bastó para que apareciera nuestra especie. La diferencia principal fue que de pronto teníamos más espacio para albergar el cerebro y libertad para usar nuestras manos. La consecuencia es que nos convertimos poco a poco en seres racionales y creativos, capaces de crear herramientas sofisticadas y sociedades complejas. Todo iba bien, íbamos evolucionando y adaptándonos a nuevos ambientes. La especie humana se convirtió en una paleta de colores, en catálogo de partes del cuerpo en diversos tamaños y formas.

Todo iba bien, te decía, pero había algo en el cerebro que no terminaba de encajar. Un engranaje oxidado, una tuerca mal ajustada. Se usó a Dios, se usó el color de los ojos, se usó el territorio, se usaron excusas para justificar las muertes de miembros de la misma especie.

Los que tenían poco querían mucho y los que tenían mucho querían más. Y se ordenó la paleta de colores en orden decreciente de intensidad. El que ríe último ríe mejor.  Y se mató. Se mató mucho. Hubo ataques, guerras y torturas. Se impuso la ley del más fuerte. Volvíamos a la sabana.

Hubo una guerra que tambaleó el mundo. Ocurrió en la época de mis abuelos. Son tres generaciones por encima de la tuya. Esta guerra fue un todo contra todos, por eso me gustaría hablarte de ella.

A estas alturas, habiendo pasado tanto tiempo, no interesa tanto saber quién lo hizo, sino cómo pasó. Fue como una pelea en el patio del colegio. El niño matón quiso robarle la merienda al tímido, y nadie quería ayudar al tímido, porque era más divertido animar al matón. Como el matón se sentía fuerte y apoyado, decidió apuntar más alto, y seguir robando meriendas. Hasta que se topó con un niño con muchos amigos. Y así empieza una guerra mundial.

Esta guerra fue terrible, como cualquier guerra. Hubo matanzas masivas, genocidios de inocentes, bombas a la hora de dormir y muy poca comida. Fue una semilla de odio. Se robaron territorios y se nacionalizaron los conflictos. Las banderas iban por delante. Y la bandera del enemigo se quemaba en el fondo de este cerebro que tiene un engranaje oxidado. La guerra terminó y mucha gente había huido de sus hogares. Terminó la guerra y los países vecinos no eran más que la imagen viva del asesino, no importaba el bando.

Había dos formas de reaccionar. Una es la histórica, la que ocurre con más frecuencia, la que vas a ver en países heridos por ataques de los que no pudieron defenderse. Esa forma consiste en incentivar el odio al país enemigo desde la más tierna infancia, enarbolar la bandera como último intento desesperado de orgullo nacional.

Pero hay otra forma, la razón por la que te escribo esta carta. Europa había quedado muy lastimada después del conflicto inhumano. Había muchos culpables por identificar y muchos inocentes que no tendrían la oportunidad de hacerlo por yacer bajo tierra (eso con la mejor de las suertes). Y entonces se hizo algo inaudito. Hubo paz en el recreo. Hubo comunicación y diálogo, propuestas comunes para levantar al herido continente. Poco a poco se fue creando un proyecto con raíces económicas, pero con una consecuencia muy profunda en la vida de los ciudadanos europeos.

El impacto de la historia que te estoy contando se acentúa cuando se tiene en cuenta el hecho de que yo no nací en Europa; llegué a Europa con ojos de extranjera. Venía de un país en el que se levanta la bandera cada día. La bandera del país, no del continente. Y llegué a un lugar en el que tras una guerra devastadora en la que se había plantado la semilla del odio, la bandera comunitaria se lucía con más orgullo que la propia. No todos, por supuesto. La memoria es poderosa y no se puede ver con buenos ojos al país que cargó el arma que mató al ser querido. Pero en la educación primaria -ahí donde yo había llegado- se enseñaba un concepto: el de la unidad.

Llegué en la época del euro. Había mucho escepticismo y lo sigue habiendo, pero los cambios se sucedían con una inercia incontrolable. Moneda única, fronteras invisibles, libre comercio, una tarjeta sanitaria europea y, sobre todo, un sentimiento de pertenencia.

Te quiero decir que cuando yo tenía tu edad y en Japón nos preguntaban de dónde éramos, no nos parábamos a enumerar país por país, decíamos “de Europa”. Y este gesto tan insignificante tiene un trasfondo tan radical que hace falta un acontecimiento como el de ayer para entenderlo.

Volvamos al ejemplo del patio del colegio. La historia sigue con que el matón, el tímido y el popular, y los amigos de cada uno, se juntaron al final del día y decidieron que para no pelearse tenían que hacerse amigos. Se dieron cuenta de que era imposible, pero que, si se veían cada día para hacer los deberes, no sólo iban a aprender a convivir sin conflicto, sino que además iban a salir todos beneficiados (aunque algunos fueran más listos que otros).

Y así hicieron. Ellos nunca llegaron a ser amigos, pero aprendieron a convivir. Lo más impactante de esta historia no es ese logro, es que la clase del año siguiente copió el modelo y no sólo consiguió hacer los deberes, sino también empezar a hablar de temas más personales. Y la clase del año siguiente, mi generación, creció viendo este comportamiento insólito como algo tan normal, que terminaron siendo amigos. Estudiaron juntos, viajaron juntos, hasta se enamoraron.

Es una historia en la que el odio fue vencido, ¿entiendes?

Yo no entiendo mucho de economía, pero te puedo asegurar que entiendo de amistades con miembros de la Unión Europea. Hoy, sentados en círculo en Yoyogi Park, hablamos de tristeza. Uno de los amigos del grupo había decidido irse, dejar de salir con nosotros. O hacerlo, pero dejar de decir “soy europeo” cuando nos preguntaran. (Para ser más exactos tengo que decir “habían decidido por él, en contra de su voluntad”)

Por eso hoy siento que el plan ha fracasado, aunque al final no se vayan. Era un proyecto contra los nacionalismos, un proyecto para educar desde la edad más temprana que no podemos cometer los mismos errores otra vez. No podemos volver a bajar las barreras y a cargar los cañones. Pero los que vivieron la guerra no nos han dado tiempo a llegar a posiciones de poder para evitar el error. Y si un amigo quiere irse del grupo, es que algo va mal. Y si ese amigo tiene que irse porque otros lo han decidido, es que algo va todavía peor.

Hoy había caras largas y pensamientos confusos en una reunión entre amigos. De la Unión Europea. Entre los cuáles hay uno que hoy se sentía con menos derecho de estar sentado en el mismo círculo. Y eso no es justo.

Yo no sé qué va a pasar con los pasaportes, o con la moneda, o con los jubilados que disfrutan del sol de España. Pero lo que sí sé es que tengo que escribirte esta carta para recordarte que hubo una vez en la que un conflicto se intentó resolver tras dos generaciones con fuertes amistades. Ahora le toca a tu generación poner el broche de oro y luchar por el diálogo y la colaboración para que no haya fracasos tan absurdos como el de hoy.

Los cerezos

Decían que Japón se tiñe de blanco y rosado cuando llega la primavera. Que hay que ver -aunque sea una vez en la vida- el dulce espectáculo de los pétalos volando al viento. La resurrección de la vida. Los árboles vuelven a darnos una lección de renacimiento, se ponen sus mejores galas para recibir al cálido viento que viene de otro lado. Desde el mar quizás. Los cerezos no le guardan rencor al invierno que los dejó desnudos. Los cerezos olvidan y roban el aliento con su belleza. Las ramas bailan en el aire y yo también tengo ganas de bailar. Todos las tenemos. Japón, en abril, es una fiesta. Se inundan los parques, se vacían los restaurantes. La mesa de lujo está bajo el árbol, el camarero es el viento.

Yo pensaba que exageraban. Hasta que una mañana abrí la ventana y la calle me deslumbró con una blancura de pintura. Todos los recovecos de Tokio en flor. Hasta el aire estaba en flor.

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El primer día tomé una foto cada dos pasos y medio.

El segundo día me entristeció pensar que esto es pasajero.

El tercer día un grupo de árboles expuestos al sol me mostraron sus primeros brotes verdes.

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Me hizo recordar a Machado cantándole al olmo viejo: “quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida; mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.

Así que saqué mi cuaderno y anoté la gracia de tu rama verdecida. Como una plegaria, como una acción de gracias. Que la primavera traiga esperanza, que la naturaleza siga abriéndose paso. Que nada la frene. Que nadie la frene. ¿Quién se atreve a admirar el cerezo mientras deja marchitar a los que ya no tienen raíces?

Si viera Machado el mundo le cantaría al continente viejo “hendido por el rayo y en su mitad podrido”, con la esperanza de que la rama que florece sea capaz de revivir al tronco, llegando a la raíz.

Vuela algún pétalo por el cielo de Europa.
Pétalo distraído cruzó la frontera.
Vuela pétalo, semilla.
Vuela libre.
Pero aterriza y germina,
Para recordar a los hombres
Que el invierno termina.
Que crezcan tus raíces fuertes.
Que se celebre la vida.
Que anoten, en la agenda de gobierno,
La gracia de tu rama verdecida.

One more challenge

I have a crazy idea. And I will need your help.

I’ve been sharing my trips and adventures for many years. Since the time when I was not able to talk, but to listen. And I always heard the same. “How lucky you are! I wish I could live that way…” I constantly faced the frustration of people that are eager to travel but because of their family, economical or social situation, can’t.

Or they think they can’t.

I am here to tell you it’s possible. The secret is very simple: the place where you’re living is unique in the world and their are people that would love to visit it and that are frustrated because they can’t. Do you also see the problem in the equation? We always think our home has nothing special, nothing exotic. I am here to tell you you’re wrong.

And to propose a challenge.

Would you dare to become a tourist in your own city, neighbourhood, town? I offer you the possibility to rediscover your world with foreign eyes, and to share it with me. But don’t worry, I know it’s not easy. I was already in that situation and I am going to help you.

The first step will be to find the nearest tourist information centre. Get a map and a lot of advice. The second step (and this is the important one) will be to erase from your memory any prejudice about any place. “But there’s nothing in there!” Erased.

You are ready to begin. There are different tricks to rediscover the city. My favourite one is to chose a theme: visit all the museums, skate in all the parks, follow a subway line getting off at all stations, make a list of the best places to try local food o visit always the same tree in order to track seasonal changes. Those are just ideas, possibilities are endless.

The next challenge you’ll have to face is to learn the language. “Sorry, what?” Yes, the language. That’s what one does when travelling. It’s time for you to think about the meaning of what you say everyday. Where those words are coming from, how idioms were originated. And no, don’t use the internet. When one’s travelling there’s no internet. One has to talk to people. This part will be harder. We are embarrased to talk to strangers. Didn’t you want to travel? Go out and ask, with curiosity, where does the expression “it’s raining cats and dogs” come from? A little piece of advice: years give knowledge, ask someone with experience in life. Ask, ask.  “Why is this city called this way?”, “where should I go to watch the best sunset?” Ask for advice to eat, to dance, to go for a walk.

And talking of talking to people… Tourists! Best source of information. Talk to them, help them if they are lost and ask for their story, what are they doing in this place where there’s “nothing”?!

While doing it, take pictures and notes of what you see, what calls your attention, what you’d like to share with those that visit your city.

I’d like to see those pictures and hear those stories. I need your help! I will be waiting for you to send them to me so that I can share them. That way we’ll all be able to see how the best way to travel is to know your own home.

Big hugs,

Noe from Tokyo 🙂

Otro reto

Se me está ocurriendo una idea loca. Y voy a necesitar tu ayuda.

He estado compartiendo mis viajes y mis aventuras desde hace mucho tiempo. Desde que no sabía hablar, pero sí escuchar. Y siempre escuchaba lo mismo. “¡Qué suerte! Ojalá yo también pudiera vivir así…”  Me encontraba con la frustración de gente que quiere viajar y que por su situación familiar, económica o social (o todo lo anterior) no puede.

O cree que no puede.

Vengo a contarte que (casi siempre) sí puede. El secreto es muy sencillo: el lugar en el que estás viviendo es único en el mundo, hay gente que se muere por conocerlo, y que se frustra porque no puede. ¿Ves el problema en la ecuación? Siempre creemos que nuestro hogar no tiene nada de exótico, nada de especial. Vengo a decirte que estás equivocado.

Y a proponerte un reto.

¿Te convertirías en turista de tu propia ciudad, barrio, pueblo? Te invito a redescubrir tu mundo con ojos de extranjero, y a que lo compartas conmigo. Pero tranquilo, sé que no es fácil. Yo ya estuve en esa situación, y voy a ayudarte.

El primer paso será localizar la información de turismo más cercana. Y conseguir un mapa y muchos consejos. Lo segundo (y esto es muy importante) será borrar de la memoria todo prejuicio de cualquier lugar. “¡Pero si ahí no hay nada!” Borrado.

Ya estás listo para empezar. Hay diferentes trucos para redescubrir la ciudad. Mi favorito es hacerlo de manera temática: visitar todos los museos, ir en patines por todos los parques, recorrer una línea de metro bajándome en cada parada, hacer una lista de los mejores lugares para probar comida local o visitar siempre el mismo árbol para ver el cambio de las estaciones. Son sólo ideas, las posibilidades son infinitas.

La siguiente prueba a la que tendrás que enfrentarte es aprender el idioma. “¿Perdón?” Sí, el idioma. Es lo que se hace cuando se viaja. Es hora de que te pares a pensar en el significado de lo que dices cada día. De dónde vienen las palabras, cómo se originaron las expresiones. Y no, no uses internet. Cuando uno viaja no tiene internet. Hay que hablar con la gente. Esta parte te va a costar más. Nos da vergüenza hablar con desconocidos. ¿Pero no querías viajar? Sal a la calle y pregunta, con curiosidad, ¿de dónde viene la expresión “hablando del rey de Roma”? Un consejito: los años dan conocimiento, es mejor preguntar a gente con experiencia en la vida. Pregunta, pregunta. “¿Por qué se llama así esta ciudad?”, “¿cuál es el mejor lugar para ver una puesta de sol?” Pide recomendaciones para comer, para bailar, para salir a pasear.

Y hablando de hablar con gente… ¡los turistas! Fuente número uno de información. Habla con ellos, ayúdalos si están perdidos y pregunta por su historia, ¿qué hacen ahí si no hay “nada”?

Y mientras haces todo eso, saca fotos y toma nota de lo que veas, de lo que te llame la atención, de lo que te gustaría enseñarle a alguien que visite tu ciudad.

Quiero ver esas fotos y escuchar esas historias. ¡Necesito tu ayuda! Estaré esperando ansiosa a que me las mandes y poder compartirlas. Así todos podremos ver como la mejor manera de viajar es conociendo nuestro propio hogar.

Un beso,

Noe desde Tokio 🙂

La Unión Europea

El viernes tuve que ir a la sede de la Delegación de la Unión Europea en Japón, para dar una presentación sobre mi sector tecnológico. Fuimos los 45 becados. Hay gente alta, de ojos azules y rubia. Hay gente bajita de pelo oscuro. Hay bromas internas, alguien le comenta al alemán que debería pagarnos la comida a los españoles, italianos y griegos. Nos reímos. Cuando salimos a la calle nos preguntan de dónde venimos. “De Europa”, decimos. En California pasaba lo mismo, la inglesa me decía que no me preocupara, que nos íbamos a volver a ver fácilmente. Volvíamos a la misma casa.

 

Si no me meto en temas económicos y financieros, puedo decir que se ha conseguido. El sentimiento de unión lo tenemos. Ya no nos parece extraño que se enamoren personas que pertenecen a países que hace no mucho estuvieron en guerra. Es como la familia, yo puedo meterme con mi hermano, pero que no se le ocurra a nadie más hacerlo. Vamos a quejarnos de los vagos del sur y los opresores del norte, pero los invitaremos a nuestra fiesta de cumpleaños, a ambos, porque en el fondo nos queremos. Mi generación creció sin fronteras, aprendiendo que hay errores del pasado que no queremos volver a cometer. Nos enseñaron el valor de compartirlo todo, lo bueno y lo malo, de ser uno. Comprendimos que hay que ver más allá del color de los ojos, siendo respetuosos con la historia y la cultura. Nos soltaron al mundo con un pasaporte que abre cualquier puerta, pero nos impusieron la condición de representar a un continente entero. Y nosotros, allá fuimos. Y salió mucho mejor de lo esperado. Habiendo crecido en una mezcla de culturas que van y vienen sin pasaporte, los ojos se habían acostumbrado a ver más allá del país de origen. Hicimos amigos de todas partes del mundo, confiamos en ellos, y ellos confiaron en nosotros.

 

Representamos bien a Europa cada vez que salimos. ¿Y ahora? ¿Qué les digo a esos amigos? ¿Qué hago con la confianza rota, dónde la tiro? ¿Cómo les explico que los vamos a echar de una patada cuando más nos necesitan? ¿Les hablo de la crisis económica? Que alguien me diga con qué cara los miro.

 

El viernes representamos a una bandera que nos ha decepcionado. No es eso lo que nos enseñaron.

Literatura

Para muchos, algo aburrido que estudiar.

Para mi, un mundo de posibilidades.

No se trataba sólo de leer, eso ya lo podía hacer en mi casa, enterrándome entre columnas de libros hasta que la luz no alcanzase. No, la clase de literatura era mucho más que eso. Historia, psicología, entendimiento de la vida humana. Se trataba de entender la época en la que había vivido el poeta, a quién amaba, lo que desayunó aquel día. Las palabras no encierran más que historias y el significado siempre depende de quién lo lea. La literatura es la forma más ancestral de la realidad virtual. Lo que se escribe es único, lo que se entiende tiene infinitas formas. Y lo que entendemos es lo que sentimos.

Se tardan muchos años en comprender lo que quiso decir el escritor. Hace falta leer mucho, establecer comparaciones, estudiar geografía e historia, entender las evoluciones del idioma y saber griego, latín y árabe. Y lamento decirte, que aún después de todo ese tiempo, tu interpretación pasará a través de los filtros de la memoria, de las experiencias, de las sensaciones. Leerás amor y pensarás en el tuyo. Leerás muerte y temblarás con la propia. Leerás guerra pero nunca habrás vivido una.

Es fascinante, no me malinterpretes. De la mano de profesionales que han dedicado su vida a la empatía para poder entender al autor yo misma he podido atisbar las intenciones iniciales de lo leído. Es como un juego de detectives, nunca podría cansarme de ello.

Sin embargo, a veces cambio de juego. Juego a decir algo distinto a lo que siento. Puedo escribir que mis labios ardían como el fuego. Y ahí las mentes de los lectores abrirán el cajón de las metáforas y pensarán en pasión, evocarán poemas e intentarán imaginar el beso. Beso que no existió. Mis labios arden como el fuego porque tengo una alergia que me impide sonreír. Pero es divertido, saber que el significado original está a salvo, enterrado como un tesoro pirata.

Hay libros que cambiaron de significado a medida que yo iba creciendo. Hay poemas que una vez entendí y ahora… Ahora ya no. Hay una obra de teatro que me sé de memoria aunque no recuerdo por qué. Y esa es la magia de la literatura: es una ventana (cuando queremos mirar al interior de quién la escribió) y es un espejo (cuando tenemos el valor de mirar lo que llevamos adentro).

La literatura se parece a las personas. Dicen los japoneses que todos tenemos tres caras: la que mostramos a los desconocidos, la que enseñamos a nuestro círculo más cercano y la que reservamos para nosotros mismos.

Si escribo este blog, y lo lee un desconocido, se sentirá identificado, le gustará o lo odiará, podrá incluso estudiar mi contexto socio-cultural y  establecer mis reglas métricas.

Si escribo este blog y lo lee mi círculo más cercano, tendrán mi contexto y puede que hasta me proyecten escribiendo estas palabras. Habrá empatía basada en el conocimiento.

Y finalmente, si lo leo yo, seré autocrítica y corregiré unas cuantas frases. Al releerlo recordaré aquel día en el que lo escribí, en qué y en quién estaba pensando y sobre todo la semilla que hizo germinar la idea.

Voy a revelar la semilla de hoy, por si algún día me falla la memoria. Todo empezó cuando me di cuenta de que al interactuar con alguien hay que tratarlo como a un libro. El mundo es una biblioteca. Hay libros que he leído cientos de veces, que han ido cambiando, conmigo. Cuando hable de esos libros será como hablar de mi misma. Hay libros que leí una vez y que me enseñaron algo, un detalle. Cuando hable de ellos pensaré que todos los libros de la saga son iguales. Y hay otros libros que todavía no leo. Cuando hable de ellos diré lo que otros dijeron.

Es una responsabilidad grande vivir en el extranjero, leer nuevas personas cada días, releer a las recurrentes. Es grande la responsabilidad porque lo que yo entienda de lo leído será lo que contaré a aquellos que nunca abrieron el libro pero tienen ganas de saber de qué se trata.

Antes de venir a Japón escuché muchas historias, curiosamente de gente que nunca había pisado el país. Ahora me estoy tomando el trabajo de aprender japonés (porque si no, no puedo entender los libros) y me encantaría poder traducirlos para que los que todavía no vienen puedan conocer un poquito mejor a este país lleno de estereotipos y que sentimos tan lejano.

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De eso se trata mi blog.

Muchos besos,

Noe desde Tokyo 🙂