Una lista de cosas iguales

  1. La calma antes de la tormenta.
  2. La primera subida de la montaña rusa.
  3. El segundo en el que los dos semáforos coinciden en rojo.
  4. La tarde del domingo.
  5. El último día de vacaciones.
  6. El último día de trabajo.
  7. Cerrar el equipaje.
  8. Meter la carta en el sobre.
  9. La temperatura del agua justo antes de que empiece a salir caliente.
  10. La aceituna de la vergüenza.
  11. La habitación un segundo antes de que suene el despertador.
  12. El silencio entre los aplausos y el comienzo de la música.
  13. Mirarse en el espejo una última vez antes de subir al escenario.
  14. El viento que precede al tren.
  15. El dolor de músculos antes de la gripe.
  16. Preparar mentalmente una frase antes de hablar en un idioma desconocido.
  17. El tiempo que tarda la mano del plato a la boca.
  18. La sala de espera.
  19. Comprar un cuaderno.
  20. Estar sentado en el avión antes de que despegue.
  21. La carta que espera en el buzón.
  22. El sonido del mensaje de texto.
  23. Poner la mesa.
  24. Los créditos de una película cuando nadie los mira.
  25. El momento de duda antes de hacer click en enviar.
  26. Esperar a que el programa compile.
  27. El león, el castillo, la lámpara y otros comienzos de películas.
  28. Mirar hacia abajo antes de saltar del avión.
  29. Darse cuenta de que la otra persona va a besarte.
  30. La sed.
  31. El olor a sopa cuando hace frío.
  32. Esperar a que conteste el teléfono.
  33. Empezar a leer el último libro de la saga.
  34. La etapa final del Camino de Santiago.
  35. Comer antes de ir al aeropuerto.
  36. Un nudo en la garganta.
  37. El calentamiento.
  38. Una nevada de noche.
  39. El comportamiento de los animales antes del terremoto.
  40. Ponerse los guantes antes de salir de casa.
  41. El sonido del microondas dando vueltas.
  42. Revisar un documento por última vez.
  43. El hambre.
  44. Meterse en el ascensor para ir a la entrevista.
  45. Empezar el último examen.

 

Aportación de Mario:

46_ El momento exacto en que terminas de lavar el auto y comienza a llover.

Aportación de Adri:

47 – Otra cuando te quedas dormido en un cole o tren, te despertas y no sabés si te pasaste , esos segundos que miras para todos lados, para ubicarte son aterradores.

 

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Querido desconocido,

Querido desconocido,

 

No sé si en algún momento te enviaré esta carta; a veces es mejor no interferir, dejar que los acontecimientos fluyan. No estoy segura si en algún momento la enviaré, pero por lo menos tenía que intentar escribirla. Una vez leí que un relato es una carta que un autor se escribe a sí mismo para contarse cosas que de otro modo no podría averiguar. Quizás es por eso que ahora estoy deslizando la pluma sobre este trozo de papel.

 

Quería agradecerte todo lo que harás por mí. Todavía no lo sabes, pero en un futuro nuestros caminos se cruzarán y nuestras vidas quedarán irremediablemente entrelazadas. Pasarás horas escuchando mis historias, mis miedos, mis alegrías. Pasarás horas contándome las tuyas. Querido desconocido, te mostraré mi comida favorita y harás como si te encantara. Tú me llevarás a aquel lugar que te quitó la respiración la primera vez que lo viste. Nos sacaremos fotos. Tomaremos trenes y escalaremos montañas y veremos atardeceres desde el fin de nuestro mundo conocido, que se hará más y más grande a medida que viajemos juntos. Nos convertiremos en mejores amigos, compartiendo momentos que durarán para el resto de la vida. Me cambiarás la vida. Gracias por eso.

 

O quizás no. A lo mejor nunca nos hacemos mejores amigos. Pero aún así quería darte las gracias por todo lo que harás por mí.

 

Gracias, querido desconocido, por pensar que soy adecuada para el puesto que me ofrecerás. O por diseñar la casa en la que viviré, el avión en el que viajaré, o el hospital que visitaré. Gracias por cuidar de las verduras y los animales que comeré. Por estudiar con mucho esfuerzo para convertirte en el maestro que educará a mi descendencia, en el doctor que cuidará a los de mi alrededor, en el escritor que me mantendrá despierta con sus libros cautivantes.

 

Gracias, querido desconocido, por ser valiente y luchar por los derechos que tomaré por sentados.

 

Gracias por componer la canción que cantaré cuando tenga ganas de llorar, por limpiar las calles mientras duermo. Esas calles que recorreré tras un largo día. Verlas limpias me hará feliz. Gracias por sonreír al darme el cambio.

 

Gracias, querido desconocido, por respetar a todas las personas. Gracias a ti no tendré miedo de caminar sola de noche vistiendo una falda. Gracias por entender que no todos siguen el mismo camino, que quizás decida no tener hijos, o tenerlos sin renunciar a mi trabajo. Gracias a tu comprensión podré tomar decisiones de manera independiente.

 

Gracias por evitar las generalizaciones y los comentarios sobre gente que no conoces. Gracias a ti mis hijos no pensarán que América está dividida entre el peligroso Sur y el opulento Norte, o que Europa es el centro del mundo, o que la única característica de África es ser pobre. No pensarán que Asia es China y Oceanía Australia. Gracias a ti aprenderán a tomarse el tiempo de conocer a las personas antes de hacer cualquier tipo de afirmación.

 

Gracias por pronunciarte cuando una empresa está siendo deshonesta, por tomar la decisión de no emplear a niños o de no hacer negocios con dictadores. Gracias a ti el mundo se convertirá cada día en un lugar mejor para todos, incluyéndome a mí.

 

Todavía no lo sabes, pero de alguna manera nuestros caminos se cruzarán y, como un efecto mariposa, cambiarás mi vida para siempre. Y sobre lo que mencionaba antes, era verdad, escribiendo esta carta he descubierto cosas que no eran evidentes antes. Querido desconocido, querida yo, las decisiones que tomamos afectarán las vidas de personas que quizás nunca lleguemos a ver. Es nuestra responsabilidad cuidar nuestras acciones, nuestras palabras, nuestros pensamientos.

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Gracias por ser consciente del mundo en el que vives,

 

Noe desde Tokio

Dear stranger

Dear stranger,

 

I’m not sure if I will ever send this letter; sometimes it’s better not to interfere but rather let things happen in a natural way. I’m not sure if I’ll ever send it, but at least I need to try to write it. I read once that a story is a letter that an author writes for themselves, to tell those things that they would not be able to find out in a different way. Maybe that’s why I’m here sliding the pen over this piece of paper.

 

I wanted to thank you for all the things you will do for me. You don’t know it yet, but in a future our paths will cross and our lives will become inevitable tangled. You will spend hours listening to my stories, my fears, my joys. You will spend hours sharing yours with me. Dear stranger, I’ll show you my favorite food and you’ll pretend you love it. You’ll take me to the place that took your breath away when you first saw it. We’ll take pictures together. We’ll take trains and climb mountains and watch the sunset from the end of our known world, which will keep spanding as we travel together. We will become the best of friends, sharing moments that will last for a last time. You will change my life. Thank you for that.

 

Or maybe not. Maybe we never become the best of friends. But I would like to thank you anyway for all the things you’ll do for me.

 

Thank you, dear stranger, for thinking I’m suitable for the job you’ll offer me. Or for designing the house where I will live, the plane that I’ll take, the hospital that I’ll visit. Thank you for taking care of the vegetables and the animales I’ll eat. For studying hard to become the teacher who’ll educate my offspring, the doctor who’ll take care of the ones around me, the writer who’ll keep me awake with fascinating books.

 

Thank you, dear stranger, for being brave to fight for rights that I’ll take for granted.

 

Thank you for composing the song that I’ll sing when I feel like crying, for cleaning the streets while I’m sleeping. The streets that I’ll walk going home after a long day. Seeing them clean will make me happy. Thank you for smiling when giving me the change.

 

Thank you, dear stranger, for respecting everyone. Thanks to you I won’t be afraid of walking by myself at night wearing a skirt. Thank you for understanding that not everyone follows the same pattern, that I may decide not to have children, or to have them, without quiting my job. Thanks to your understanding I will be able to make independent decisions.

 

Thank you for avoiding generalizations and making comments about people you don’t know. Thanks to you my children will not think that America is divided between the dangerous South and the opulent North, or that Europe is the center of the World, or that Africa’s only characteristic is being poor. They will not think that Asia is China and Oceania is Australia. Thanks to you they will learn to take their time to know a person before making any statement.

 

Thank you for speaking up when a company is being dishonest, for making the decision to not employ children or to not do business with dictators. Thanks to you the world will each day become a better place for everyone, including me.

You don’t know it yet, but somehow our paths will cross and, like a butterfly effect, you will change my life forever. And about what I mentioned before, it was true, writing this letter made me understand things that were not visible before. Dear stranger, dear me, the decisions we make will impact the lives of people we might never even seen. It is our responsibility to take care of our actions, our words, our thoughts.

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Thank you for being conscious of the world you live in,

Noe from Tokyo

El mar

Tiene sobre la mesa un libro viejo
donde posa la mano distraída.
Al fondo de la cuadra, en el espejo,
una tarde dorada está dormida.

Antonio Machado

—¿Recuerdas la primera vez que viste el océano? —dijo mientras cerraba el libro, mirando distraída por la ventana, intentando descifrar los engranajes de una compleja ecuación mental.

 

—La verdad es que no, fue hace demasiado tiempo. ¿En qué estás pensando? —respondió deslizando la mano por el respaldo del sofá, hasta que los dedos pudieran tocar su pelo.

 

Él sabía que una vez encendida la llama, no había vuelta atrás, el mecanismo se activaba y ella no pararía de darle vueltas al asunto hasta encontrar una respuesta que calmara su ansioso cerebro.

 

—En nada. ¿No es un poco triste? Uno de los momentos más impactantes de mi vida, y no puedo acordarme. Tampoco me acuerdo de la primera vez que probé el chocolate, ni de cuando entendí por primera vez una palabra en castellano. Me gustaría poder recordarlo.

 

—Tampoco es tan malo no acordarse. Fueron momentos importantes, sí, pero siempre es intenso volver al mar, o probar chocolate, o aprender un nuevo idioma. Que no te acuerdes no quiere decir que la emoción se haya perdido para siempre.

 

—No, no me estás entendiendo. Me refiero a esa sensación cuando de repente todo cobra sentido, como si alguien hubiera abierto una puerta y la luz pudiese entrar a chorros en la habitación. Es como perder el conocimiento, pero ganándolo. Y yo no puedo acordarme.

 

—Para no poder acordarte acabas de describirlo con bastante precisión… No sé por qué te preocupa eso ahora.

 

—Estaba pensando que, en realidad, ninguno de mis recuerdos realmente sucedieron.

 

—Bueno, ahora sí que estoy perdido.

 

—Si pudiera ver mi pasado y compararlo con lo recuerdo de mi pasado nada sería igual. —continuó ella sin dar mucha importancia a lo que él le estaba diciendo. Hablaba con ella misma, o con el atardecer tras la ventana, o con nadie en particular–. Ahora veo lo que sucedió tras el filtro de las emociones, mi pasado está empañado por los sentimientos.

 

—¿Qué te hizo pensar en el océano? –preguntó en un intento de encontrar la punta del ovillo. A veces estas conversaciones le daban dolor de cabeza.

 

—Estaba leyendo el libro, llegando a la última página, y me recordó a los viajes. El último día siempre es el más triste, pero es el motivo por el que nos embarcamos en la aventura. ¿No? El motivo del viaje es llegar. Y eso me hizo pensar en los finales. Como el atardecer. Y eso me hizo pensar en el mar. No sé, los mejores atardeceres son desde el mar. Pero no pude acordarme de la primera vez que vi al océano engullir el sol, ni de la primera vez que vi el mar. Por eso te preguntaba.

 

—Y, ¿vas a terminar el libro o no?

 

—Sí, claro. Todavía tengo otros que leer.

Un beso,

Noe desde Tokyo 🙂

Amaneciendo

Ese día la lluvia de noviembre no trajo consigo melancolía. Ella dormía envuelta en las mantas ajena al día gris que amanecía tras la ventana. Ese día la alarma del reloj no podía arrancarla del sueño porque estaba apagada. En cambio, fueron las gotas las que poco a poco la fueron despertando del trance, repiqueteando suavemente en el cristal, como pidiendo perdón por entrometerse en un sueño tan profundo y tranquilo. Quizás fue esa combinación la que hizo que al abrir los ojos y ver el cielo gris y encapotado, no sintiera tristeza sino una suerte de paz y tranquilidad como la que se siente en el hogar.

No voy a decir que saltara de la cama, porque una cosa es despertarse con paz y otra muy diferente es hacerlo con energía. De una patada se deshizo de las mantas y con el pelo alborotado se deslizó hasta la cocina para hacer magia con un plátano, un vaso de leche de soja y un poco de harina. Ese desayuno, años más tarde, siempre la traería de vuelta a esa mañana lluviosa de noviembre.

Paraguas en mano y con una sonrisa que no hacía más que desentonar con los cabizbajos transeúntes, se dirigió a Han-no para pasar el día con una familia japonesa que abrió las puertas de su pequeño mundo para que ella entrara y se encandilara con su modo de vida. Tras llegar a la estación de destino y encontrarse con su anfitrión, juntos se dirigieron a su casa pisando charquitos y envueltos en un silencio muy lejano a la bulliciosa Tokio.

Aquí tengo que detener la historia y pasar a contarla desde un punto de vista personal para hablar de un concepto que me resulta muy interesante. El “dentro-fuera”. ¿Son dos palabras o es una sola? Digamos que defino un espacio como dentro, ¿podría serlo sin que hubiera un “fuera” rodeándolo? Creo que las dos palabras van de la mano, y tan intensa es la una como lo sea la otra. Lo más curioso es que, irónicamente, cuanto mayor sea el contraste, mayor será la unión entre ambas palabras. Déjame darte un ejemplo. Imagina una casa tradicional japonesa en verano: fuera hay un jardín y dentro estamos los dos sentados, pero todas las ventanas de papel están abiertas. Corre una brisa suave dentro de la casa y nos llegan los olores y sonidos que conviven en el jardín. Aquí no hay contraste, porque el fuera se ha metido dentro de la casa, ya no sabemos muy bien qué es qué y nos cuesta definir el concepto.

Ahora imagina esa misma casa, pero en otoño. En una lluviosa mañana de noviembre. Ahí estaba yo, frente a la puerta, esperando a que la dueña de la casa nos dejara pasar. Tras abrir la puerta el paraguas se quedó fuera, la lluvia se quedó fuera y el viento se quedó fuera. Sólo el anfitrión y yo pasamos a un dentro que me envolvió en calidez recibiéndome con olor a madera y a sopa, los olores del invierno. Hay un espacio en las casas japonesas para hacer más clara la diferencia entre el dentro y el fuera, y es donde se dejan los zapatos. El primer pie que pisó descalzo esa casa le recordará por siempre al segundo pie que él fue primero. No sé si fue el tacto de la madera pulida o el calor que emanaba de ese suelo, pero desde ese pie subió al resto del cuerpo una tranquilidad que relajó todos los músculos al mismo tiempo.
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Mi pie primero, y después el resto del cuerpo en una especie de trance, subimos las escaleras para llegar a un comedor en el que la mesa estaba puesta y la comida humeando en el centro esperando a ser atacada. Después de llenar nuestros estómagos tuvimos que hacer frente de nuevo al frío exterior para llegar a otro interior en el que nos recibió una anciana de 91 años para pasar el resto de la tarde.

Hacia las siete la lluvia cesó, regalándome el lujo de poder disfrutar del festival que había tenido que ser cancelado por las condiciones medioambientales. Entre tambores, cantos, colores, sabores, olores y paraguas confundidos me abrí paso hasta encontrar el lugar perfecto desde el que disfrutar los últimos minutos de ese día tan especial.
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¿Conoces esa sensación de cansancio absoluto que te inunda después de un día lleno de emociones? Bueno, es ese cansancio el que hace que me olvide de conectar la alarma, el que hace que sólo la lluvia o los pájaros puedan despertarme, el responsable de que cada día empiece con alegría para poder llegar nuevamente a la noche con el mismo cansancio. Y así, en un ciclo infinito, pasan mis días en Tokio.

Un beso,

Noe desde Tokio 🙂

Te reto

Tendría que ser obligatorio, al cumplir los 22 años, aprender de nuevo a leer. Esa edad en la que creemos haber llegado a la cima de una pirámide que, lamentablemente, está construida sobre cimientos de arena. El problema es que no entendemos bien el funcionamiento. Creemos que los que están arriba valen más que los que están abajo y no nos damos cuenta de que sin la base la pirámide simplemente se derrumbaría.

Hace cuatro años pasé una serie de exámenes con muy buena nota y se me abrió la puerta a un atajo que me ayudó a escalar la pirámide muy rápidamente. De pronto todos parecen cegados por este acontecimiento y el que lee el currículum no se para a pensar que hubo un tiempo en el que mi cerebro no era capaz de coordinar mis piernas para poder caminar. Qué insípida excusa decir que trabajé para no-sé-qué ladrillo de una pirámide que está construida de más insípidas excusas que escriben en un papel los años que gastaron trabajando para otros ladrillos.

Y mientras tanto…

En la base, soportando todo el peso de la sociedad, están los nombres que llevo tatuados en el trazo de mi letra, en mi forma de expresarme, en las suelas de mis zapatos. Las personas que más que enseñarme me inspiraron. ¿Sabías que la M con la A se lee MA? Nadie en este mundo va a enseñarte algo tan importante como eso. Nadie más va a dedicar su vida a construir cohetes para que tú, pequeño inocente, crezcas lo suficiente como para olvidar que sin la base la pirámide se desmorona.

Me apasiona enseñar, ver brillantes ojos descubrir todo lo que el mundo tiene por ofrecer. Pero no puedo todavía, porque me queda mucho por aprender. Sin embargo hay quienes nacen con el don, y he tenido la suerte de que hayan marcado mi vida.

Por eso, al subir las escaleras, peldaño a peldaño, me acuerdo de todos y cada uno de los héroes que contaron conmigo cuando no tenía currículum ni me sabía bien la tabla del 7 (la más difícil). Me acuerdo de la que no me habló jamás en español, de la que me explicó lo que era un glóbulo rojo, de la que me dijo que Anahí tiene acento (“¡Llevo TODA MI VIDA escribiéndolo mal!” pensó una frustrada Noelia de 5 años), de la que me regaló mi primer libro sin dibujos “para leer en el avión”, de la que hizo horas extra para que yo pudiera saltarme medio año en España y del que jugó conmigo a barquitos en los recreos que extrañaba mi país. De la que me hizo encargada del bambú de clase, de la que me explicó que al dibujar el cielo tengo que conectarlo con el suelo, del que me aprobaba aunque los dos sabíamos que no había corrido la media hora entera, del que me ayudó a creer mi primera página web llena de gifs, y de la que me hizo estirar tanto los empeines que me dolían toda la semana.

Recuerdo cada momento y cada aprendizaje como mis mayores tesoros porque sin ellos no estaría becada en Japón en ninguna parte.

Algunos enseñan y otros tienen la suerte de ser enseñados y de olvidarse de los responsables de haberlos convertido en lo que ahora son.

Digo que tendría que ser obligatorio aprender a leer porque de esa forma se entiende mejor la pirámide. Cuando nos arrebatan la capacidad de comprender nos dejan desnudos de conocimiento y de pronto volvemos a tener 4 años y la necesidad de que alguien dedique su tiempo a repetirnos infinitas veces “la M con la A: MA”.

Te reto a levantarte de tu cómodo ladrillo, abrir la puerta que te trajo hasta ahí y bajar hasta los sótanos de la pirámide. Te reto a olvidarlo todo en el descenso.

Que al llegar abajo abras los ojos y no sepas leer, no sepas hablar, ni siquiera comer sin derramar la comida. Que tengan que enseñarte a sentarte de la forma correcta, que no sepas ni siquiera cuáles son los buenos modales.

Te reto a depender de la base de la pirámide.

Si estás tan cómodo en tu sillón de sabiduría y experiencia, haz la prueba. Es tan fácil como volar a Tokio y bajarse del avión.

¡PUM! Todo olvidado.

Te garantizo que al llegar abrirás los ojos y no sabrás leer, no sabrás hablar, ni siquiera comer sin derramar la comida. No sabrás sentarte de la forma correcta, ni conocerás cuáles son los buenos modales. Dependerás de los que un día, quizás, consideraste inferiores.

Y así…desaprendiendo, te garantizo que te darás cuenta de que no hay nada tan valioso en este mundo como la educación. Nos da alas, nos da armas para luchar y escudos para protegernos, nos da la posibilidad de escalar la pirámide.

Pero al que eso se le olvida no tiene nada, porque ha perdido el poder del aprendizaje, el valor del conocimiento y la dificultad y esfuerzo que se necesita para entender los conceptos básicos.

Hasta donde yo sé, has podido leer esto. Te felicito. Has tenido la suerte de recibir el regalo más valioso de este mundo. Que no se te olvide quiénes te lo dieron y protege a los que hoy siguen trabajando en ello.

Y si no estás de acuerdo, te repito: te reto a desaprender todo lo aprendido.

Con cariño,

Noe desde Tokyo

So then, where are you from?

At midnight (Japanese timezone) of October 1st 2015 the phone started vibrating with messages from Japan, Korea and some other countries in which people had calculated the exact time at which I would turn 22. Why exactly that time? Because my body, my presence, is in Japan. But let’s go on… At 7am the phone woke me up once more because a part of me was turning 22 in Europe (and Southafrica). At noon there was a vibrating earthquake replica inside my backpack when another part of me was becoming older in Argentina. Messages and calls kept on arriving nonstop during October 1st and wouldn’t stop until 2pm of October 2nd, moment in which my birthday came to an end in California. 38 hours of birthday and everything that that implies. It implies that it is unclear where I am, where I come from, where I belong. For some reason these are questions to which we desperately need an answer, because if there is no nationality that identifies us, we’re lost. It is necessary to know. Or so I thought until yesterday…

Luckily, some of the wonderful messages made me open facebook, where an extremely valuable birthday present was waiting for me. It helped me calm down regarding those questions and find an answer to many other that have been wandering inside my head since the very first time I had to pack my life (and that was a long time ago…). The present was this video that is worth watching before going ahead:

I often bump into the question “where are you from?” and I never know what to reply. Never. The first time we moved it was easy. Back then I was from Mendoza, from Luzu, to be more precise. However, even though it was easy, I was not able to say it because we were in a country where people spoke something weird. People ate waffles and they would dress up to knock on doors and ask for candy. That year I turned 3 during 27 hours, from Mendoza to Austin, Texas. There I learnt to properly write the letter “N” and it was the first time I had to face the fear of making friends without mom’s and dad’s help. And with such important events in hand, how can I not identify myself with Austin? A part of me wouldn’t be the same if this place didn’t exist.

So the second time we moved I was not very sure where I came from. I turned 4 in Buenos Aires, the place where I faced my first fears: of putting my head underneath the water, of waiting to be picked up from the nursery, of surgery and hospitals… In Buenos Aires I picked up an accent for the first time. And with such important events in hand, how can I not identify myself with Buenos Aires? A part of me wouldn’t be the same if this place didn’t exist.

So the third time we moved I was already very confused. “I come from Buenos Aires, but I was born in Mendoza. Oh no… English is not spoken in Mendoza, it’s only that I lived in the US before”. In Neuquén I made my first best friends and discovered for the first time how painful farewells are when I left with my backpack full of letters and presents. And with such important events in hand, how can I not identify myself with Neuquén? A part of me wouldn’t be the same if this place didn’t exist.

So when we moved for the fourth time I was already fed up with so much moving around and was hoping that no one would ask me where I was from because not even I knew. Houston exploited my creativity and it was there where my love for science arouse when I understood that the world is spinning while it moves around the Sun and that that’s the cause of timezones. When I was 7 years old I realized that each part of me was not only in different locations in space but also in past and present at the same time. And with such important events in hand, how can I not identify myself with Houston? A part of me wouldn’t be the same if this place didn’t exist.

So when they told me we were going to Spain I got ready to answer that I come from Houston but I’m from Argentina (because in Madrid it was posible to merge Mendoza, Buenos Aires and Neuquén in a single package, no one could really understad how different my life was in each of those places). During this stage my birthdays lasted 32 hours and here I learnt it all. I changed for the second time my accent, I learnt to study, to take care of friendship, to dance, I went for the first time on a summer camp, I learnt to cook and to use a calculator, I fell in love for the first time and I knew loss for the first time. In Spain I became Spanish. And with such important events in hand, how can I not identify myself with Madrid? A part of me wouldn’t be the same if this place didn’t exist.

So when I lived in Ireland, in Germany, in California and now in Japan, I already knew what was waiting for me. I knew what people would ask, and that my answer would be incomplete. I knew that each place would steal a piece of my heart and would complicate further and further my nationality feeling. At this point I’m going to be honest: I don’t have a nationality feeling. I lost it a while ago, when I was told that I shouldn’t love the American flag as much as I loved the Argentinian one. But after today’s story, can anyone understand?

Is there anyone that understands that classifying people by countries does not contribute with anything that describes someone as a person? Yes, I am Argentinian, and no, I don’t dance tango, I dance flamenco and Irish dancing. And yes, I am Spanish, but no, I don’t miss Spanish tortilla because at home I eat empanadas, asado and pastel de papas. And I’m a bit American, and a bit Irish, and now a bit Japanese. Because “in Rome, do as Romans do”, and that’s something that I learnt when my birthdays were still short and it’s something that defines me better as a person than any nationality.

Don’t ask me where I’m from. Rather ask me in which languages I sing in the shower, in which languages I laugh, in which languages I memorize, in which languages I read poetry. Ask me in which cities I was afraid of beginning anew (in all of them), in which cities I was happy (in all of them), in which cities I cried because at that moment I wish I was somewhere else (in all of them) and in which cities I cried when I left (in all of them). My home is not an address, it is not a flag, it is not a timezone. My home is the way people around me pronounce my name, it’s the side of the road cars use, it’s the way in which I interact with other people, it’s the language in which I’m wished good night.

I can obviously not be Argentinian, because it’s been very long that I haven’t been there, and people can tell. And I can obviously not be Spanish, because I don’t share the culture and the traditions, and people can tell. And I’m not Italian, even though my genes disagree. Nor American, even though that country watched me take some of the most important steps in my life. Nor Irish, even though it was there where I learnt to live by myself and to take my own path. Nor Japanese, of course, because I don’t even speak the language yet.

So with these reasonings I hope to have convinced at least one person about the fact that I don’t want more tags, I don’t want to answer with a country to such a broad question. I don’t want to answer with stereotypes when I would like to reply with stories and anecdotes. Because what makes me be the way I am (apart from very fortunate) is the fact that ever since I was little I had to learn to get rid of my traditions, language and food to start anew in different places. And that in this process of being reborn, successive layers were giving rise to the person that is now writing this text.

And it is not necessary to have moved around the world in order for this to be true. A human being is an individual, made of stories, not of stereotypes. Each one of us has something to tell, and that cannot be summed up in a country’s name. When someone says “where do you come from?”, we’re being asked “from which point did the path that brought you to this place and moment in which we are communicating started?”. And paths are intricated and complex. Let’s not stick to easy answers that simplify full lifes into shallow lifes.

With love,

Noe from Tokyo